No por necesidad de contar, porque las palabras no me han quemado nunca adentro. Más bien ahí están a salvo ya que siempre que ha intentando salir algo que en mi cabeza parecía brillante, o moderadamente bueno al menos, ha acabado haciéndose añicos contra el papel. Mis palabras deben ser inelásticas y no soportan el impacto con la realidad.
Tampoco es gusto por contar, porque siempre he preferido que me cuenten, un amigo, un desconocido en el autobús, el libro que me recomiendas, la película que no sé de qué va, un cuadro que habla, el árbol de la esquina, una canción de Sabina, una mirada que sonrie, y para sonrisas la luna.
La informática no me gusta y el ordenador es trabajo menos cuando la red y el azar te cruzan en mi camino.
Ni me sobra tiempo que se escurre de mis dedos cada vez con más agilidad.
Siempre encuentro no razones y nunca doy con un sí.
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Qué bonito (y acertado) lo del tiempo escurriéndose entre tus dedos. Es lo que tiene el tiempo, que no nos sobra pero que tampoco nos necesita. Es una batalla ardua...
ResponderEliminarLo de Sabina, también.
Lo de la película, también.
Y tu frase final, lapidaria, como diría no sé qué escritor...